Un barco sin rumbo.
Y a pesar de que haya navegado por otros mares, nunca hallé una mujer que me diera lo que tú. Aunque viva mil años, aunque mil mujeres compartan mi cama, sé que ningún otro cuerpo me hará olvidar el tuyo.
Porque cuando mis manos recorrían otros pechos eran tus pechos los que buscaban; cuando mi boca besaba otros labios era tu lengua la que besaba; cuando mi polla embestía otro vientre era el tuyo por el que avanzaba. Porque fuiste tú la primera, la única, mi flor y mi deseo; porque en todas te busqué a tí y en ninguna te encontré... ¿Cómo decirte que ya no te quiero si nunca te dije que te quería? Y, a pesar de todo lo que he dicho, lo más probable es que tan sólo quiera encontrarte, sí, pero en otra y en otro cuerpo; en otra mente y en otro lugar.
Encontrar tus besos, tus caricias y abrazos; tu olor y tu cariño en otra mujer que no seas tú. porque el volver al pasado es como intentar resucitar a un muerto, aquel muerto que nunca vivió. Aquel amor que nunca nos tuvimos pero que existió, como una estrella fugaz, cruzando el cielo de una noche de nuestras vidas.
Y recorreré cientos de caminos pero todos serán el tuyo: el mismo paisaje, la misma gente, las mismas palabras... y diré mil veces "te quiero", pero siempre será mentira; porque la única vez que habría sido verdad me callé: dos palabras que murieron en mi boca.
Y caminaré de la mano con otra, pero será tu mano la que apriete; y rodearé otra cintura pero será la tuya la que desee. Porque me marcaste para siempre y ni el sabor del más exquisito manjar será comparable a una caricia tuya, porque arden en mí mil infiernos que tú prendiste, porque aunque me arranque la piel a tiras no llegaré a sentir el dolor que sentí al perderte, porque es mejor estar muerto que no estar a tu lado, porque me odio y quiero matarme, porque tú eres yo.
Jesus Fernandez Robledo (chuchi) colaborador
domingo, 23 de noviembre de 2008
LA SANGRE Y EL ACERO
Hubo un tiempo en que no era nada fácil la vida en las tierras de las montañas: ataques de forajidos, violencia sin justificación, peleas, vino barato que enturbiaba las mentes…
Era una época de malandrines; asesinos a sueldo, que por unas monedas de oro cortarían el cuello a sus madres; de rufianes codiciosos que asaltaban al viajero en cualquier recodo del camino. Una era de fanáticos religiosos capaces de quemar vivo a cualquiera que no pensara igual que ellos, de soldados que arrasaban los campos en nombre de su señor; que violaban a las mujeres y aplastaban la cabeza a los hombres para robarles un mísero trozo de pan; un período amargo, cruel y despiadado en que el más fuerte era siempre quien tenía la razón, y el fulgor de una espada se imponía sobre el bien y la justicia.
En aquellos días de perdonavidas, nobles corruptos, religiosos libertinos y toda una larga estirpe de gentuza había, sin embargo, un lugar donde la paz, la concordia y la armonía brillaban como una rara estrella en un cielo de tinieblas: Hermoso, lindo pueblo asentado a la falda de una montaña, olvidado de todo y de todos.
El tiempo y el polvo se acumulaban en las resecas calles de Hermoso, donde no parecía suceder nunca nada y donde el tiempo se había detenido en una eterna laxitud perezosa.
Los niños jugaban indolentemente en las calles mientras sus padres recogían la cosecha sin otro interés que sobrevivir un día más a aquel estado de quietud e indolencia.
Unas pocas casitas apelmazadas en torno a una mísera iglesia de piedra conformaban aquel lugar del que nunca se acordaron ladrones, asesinos ni –afortunadamente- los poderosos. Y, en medio del pueblo, junto a la iglesia, el ayuntamiento. El único lugar donde sucedía algo, si es que algo pudiera suceder en Hermoso.
Allí los campesinos dirimían sus querellas, se escuchaban chismorreos y se despotricaba contra el alcalde y alguacil mayor del pueblo, don Juan de la Luz Tranquila. Hombre que, por otra parte, hacía honor a su apellido pese a poseer la única espada del pueblo, una herrumbrosa arma que lucía con orgullo y que los demás habitantes del pueblo se preguntaban si sabría, tan siquiera, empuñar.
El señor De la Luz Tranquila más de diez años llevaba en aquel lugar, nombrado directamente por el conde del Sapo Verde, dueño y señor de aquellas tierras que jamás se había dignado visitar ni, probablemente, recordara su existencia.
Y llegó la primavera, una más en aquel miserable pueblecito; donde, por no pasar, no pasaban ni hambre e, incluso, a veces la muerte se olvidaba de recoger a sus presas, viviendo aquellas gentes sus largas y aburridas vidas en paz. Jamás, digo, se vio lugar más insustancial que aquel, ni alguacil más manso y pacífico que el susodicho don Juan.
Aquel primer día de primavera estaba el ínclito alguacil junto a su ayudante el infante Nuño Piojoso, repasando el mil veces repasado libro de cuentas del ayuntamiento, cuando algo desgarró, súbitamente, la armonía del pueblo.
Un atronador sonido de cascos de caballo cruzó como una exhalación la calle principal de la villa –que, dicho sea de paso, era la única que merecía aquel nombre -y un caballero totalmente vestido de negro cabalgó veloz hasta el ayuntamiento de Hermoso.
El jinete, sabiéndose observado desde todas las ventanas del pueblo, atronó con voz ronca:
-¡Alguacil! ¡Alguacil! Presto vuesa merced salga.
-Ya va, ya va… -contestó lánguidamente una voz desde el interior. Nada había en el mundo, ni bajo el cielo ni sobre él, que pudiera alterar al alguacil de Hermoso. O casi nada.
Con paso lento, don Juan salió del edificio ante la mal disimulada impaciencia del corcel negro, quien no dejaba de lanzar recelosas miradas en torno suyo, como si temiese que en cualquier momento el diablo mismo apareciese tras de él.
-¿A qué viene tanto alboroto? ¿Qué es lo que se os ofrece, noble caballero?
El hombre sacó un pergamino enrollado de su faltriquera y se lo entregó bruscamente, sin decir palabra. Luego, con agilidad, subió a su caballo y se alejó en dirección contraria a la que había venido, como temiendo volver por el mismo camino.
-¿Acaso Satanás es quien persigue a ese extraño jinete? –comentó Nuño, a la espalda del alguacil.
-Tomad, malandrín, y decidme qué es lo que se avisa en este escrito.
Don Juan se jactaba que, debido a su alta cuna, nunca tuvo por necesario aprender a leer ni escribir y dejaba esos menesteres para su ayudante. Éste tomó el pergamino y, ansioso de saber en qué terminaría aquella empresa, lo desenrolló y comenzó a leerlo en voz alta.
-Yo, don Iván y Vienen De por Aquíyporallá, conde del Sapo Verde, marqués Itoenporciones, señor del señorío del Café con Leche y vicegobernador de Todalahostia, gobernador que lo soy por dios nuestro señor y nuestro bienamado rey don Tubérculo I de…
-Al grano, saltaos la presentación, pardiez.
-… comunico a vuesa merced, para que tome las diligencias que estime oportunas, en consideración a los muchos servicios prestados a este condado…
-¡Voto a Dios, id a lo que importa, maltito bellaco! –insistió don Juan.
Asintió Nuño y, tras unos segundos, prosiguió.
-… que, habiendo recibido el aviso pertinente por parte del justicia mayor de aqueste reyno, se le informa de la siguiente terrible noticia: Y no es otra que el señor Don Jaime Dueleunpie Yelotromás, por mal y nefasto nombre conocido como Jaime el Sanguinario sin Clemencia, con ayuda de siniestros elementos ha logrado evadirse de las mazmorras en que los justos y santos tribunales de esta corte le habían recluido de por vida, a causa de sus criminales fechorías sin fin. Por lo cual, siendo público que este grave malhechor juró descuartizar a vuecencia y empalar a toda su descendencia en medio de infinitos dolores, lo pongo en conocimiento de vuesa merced, a quien Dios guarde muchos años, cosa que dudo.
Asimismo es mi deber comunicarle que las huestes de aqueste conde no hállanse en disposición de socorreros pues, lamentablemente, debido a órdenes expresas de la condesa, en estos momentos se hallan en misión especialísima, vigilando a su gato.
-Pero… esto es horrible- se interrumpió Nuño, cuyo rostro habíase demudado por completo.- Jaime el Sanguinario… arrasará la villa, quemará nuestras casas, se llevará nuestros cerdos y fornicará a nuestras mujeres, o al revés… es el fin, es el caos… - y no pudo evitar echarse a llorar como una damisela.
-Tened calma, perillán, que nada de eso acontecerá pues para algo soy y seré don Juan Tranquilo, alguacil y alcalde de aquesta villa, y es mi cometido mantener el orden y las leyes de nuestro señor don Tubérculo I, y voto a Dios que no ha nacido el hombre que haga torcer mi brazo ni detener mi espada.
-¡No seáis necio, mi bienamado señor! ¿Acaso la locura o el miedo enfanga vuestro entendimiento? El terrible don Jaime es el mayor asesino y criminal jamás conocido en suelo cristiano; más terrible y feroz que el moro, y nada ni nadie se antepone ante él. Tan sólo los grandes ejércitos de nuestro poderoso rey –y a fe mía que con extraordinaria fortuna- lograron una vez apresarlo, y para eso tuvieron que recurrir a toda su caballería.
-Tened fe, malandrín, que no sucederá nada de eso que teméis, y confiad en vuestro señor. Que, en el peor de los casos, es sólo a un hombre a quien buscan, y ese soy yo.
-Pero no comprendo, mi noble señor, qué interés pueda tener tan poderoso rufián en vos, que no sois sino poquita cosa. Ni tan siquiera podríais batiros en duelo ante tan formidable caballero.
-Pardiez, que ya me estáis importunando con vuestras insolencias. Callad, que yo soy hombre que sé arreglar mis propias cuentas y lo que suceda entre ese Jaime el Cruel y yo es tema personalísimo que no concierne a nadie más. Id, id ahora mismo a dar de beber a los caballos, y no converséis de este tema con nadie.
Pero Nuño, asustado y temeroso, desobedeció a su amo y no perdió el tiempo en propagar la mala nueva por la villa, cosa que apesadumbró y amedrentó a todos, de tal suerte que aquella tarde las gentes encerráronse en sus casas, atrancando puertas y ventanas, presas de un gran e invencible pavor.
Y sucedió, pues, al caer la tarde, que gran ruido de caballerías atrajo la atención del alguacil, y éste se asomó a la desierta calle, sospechando lo que allí sucedía. Pudo ver un gran movimiento que se dirigía hacia el ayuntamiento, levantando una gran polvareda.
-¡Nuño! Venga, perezoso, zopenco, traed ya mis armas, que ha llegado la hora, y no puede retrasarse.
Con las piernas temblando y la faz blanquecina, el sirviente asomó a la calle portando la espada y el roñoso escudo de su amo, armas que a duras penas servirían para enfrentarse a un niño, cuanto más a aquel espantoso ejército. Don Juan púsose sus armas al tiempo que Nuño huía asustado a esconderse en el ayuntamiento.
Algunos ventanales se entreabrieron para ver pasar aquel gentío alborotador, a cuyo frente marchaba un fornido general, de luengas barbas, y de faz poblada con varias y espantosas cicatrices.
Medía aquel hombre –más bien aquella bestia- casi dos metros de altura, y sus brazos asemejaban dos mazas de hierro. Todo en él era terrorífico, espantoso y feroz, y su rostro hallábase contraído por una ira y rabia infinitas.
Con un golpe seco levantó el brazo y todo aquel tropel, al unísono, se detuvo en seco, obedientes, tanto que ni un solo caballo osó moverse de su sitio, tal parecía el pavor que las bestias sentían por Jaime el Sanguinario.
Bajó pues de su cabalgadura, a escasos veinte metros de don Juan y, enarbolando una terrible maza en cuya punta se erguía una bolla llena de afilados clavos, enfiló hacia el alguacil con el rostro demudado por el odio.
Don Juan, por su parte, se mantuvo firme y no se movió de su sitio, ni daba muestras de temor, cosa que conmovió a aquellos que, venciendo su miedo, se atrevían a asomarse soslayadamente por los ventanales, curiosos de saber en qué acababa aquella cuestión, aunque ninguno dudaba que la cosa terminaría con don Juan partido en dos, en medio de un charco de sangre, los sesos asomando al aire, el pueblo quemado, las mujeres violadas y más de cincuenta o sesenta muertos. Y, sobre todo, con los gorrinos comidos por aquellos bandidos.
-Vos, maldito hijo de puta, al fin os llegó la hora, marrano- clamó con voz potente aquel demonio, con una voz que parecía salida directamente del infierno. Si había alguna duda de la maldad de aquel ser, quedó ahora despejada. –Puto, traidor, os machacaré, os voy a causar tanto dolor que desearíais no haber nacido. Bellaco, marrano, sacaré de vuestro podrido cuerpo toda la sucia sangre que en él anida…
-Mucho os gusta de hablar, a vos, y poco veo que hagáis.- le reclamó don Juan.
Ante la sorpresa general, Jaime el Sanguinario titubeó y pareció desconcertado. Avanzó un poco más hacia su víctima, volviendo a vociferar.
-Nadie jamás se ha podido jactar de ofender a Jaime Dueleunpié y vivir para contarlo, perro.
-¿Ofendido? Fue vuesa merced quien ofende al resto de la humanidad con esa vida de depravación y mezquindad que no hace sino ofender a nuestra sagrada religión y a nuestros reyes. ¡Cobarde, ladrón, asesino!
Entonces, ante el pasmo general de los curiosos quienes -olvidadas las primeras precauciones- se asomaban ya a cara descubierta por las ventanas, don Jaime comenzó a balbucear y a sollozar:
-P… pero… ¿cómo podéis decir eso de mí? ¿Cómo… osáis…?
-Digo que sois un ladrón y un canalla, y un saqueador sin escrúpulos que pronto caerá bajo el yugo de la justicia.
-Pero… si sabéis… si vos sabéis muy bien que todo lo hice por ti, mi amor, que robaba… sólo para que tú tuvieras una vida fácil y no te faltase de nada, amor mío.
-Palabras, palabras. Nunca me habéis demostrado vuestro amor, sólo os importaba ir con vuestros amigotes y me olvidabais en casa.
En ese momento don Jaime, llorando como una doncella, se acercó hasta Don Juan y, sin decir palabra, abrazóle muy fuertemente y comenzó a besarle por boca y cuello con gran entusiasmo, hasta que el alguacil, devolviéndole las caricias, besóle en la boca muy larga y fuertemente.
La cohorte de don Jaime el Sanguinario se deshizo en un murmullo que llegó hasta las casas.
-Si ya lo sabía yo –comentaba uno- que se amaban, sabía que esto acabaría así. ¡Ay, Guzmán, pasadme un lienzo que estas escenas emociónanme harto!
-Ved, don Godofredo –decía otro- lo hermoso y lindo que es el querer, que olvida y perdona todos los sufrimientos pasados.
Y así, la cohorte de asesinos y criminales se deshizo en llantos de alegría y suspiros ante la escena que estaban viendo; mientras los vecinos de Hermoso no daban crédito a aquel final tan inusitado e inesperado.
Y, finalmente, ambos antiguos rivales caminaron de la mano hasta la montura de don Jaime, en la cual subieron y, muy apretados, se acariciaron largamente. Luego a una orden de su general, todos partieron al galope, dejando tras sí una nube de polvo y estupefacción en el mísero y aburrido pueblo de Hermoso. Y aquella fue la última vez que vieron a Don Juan aquellas gentes.
Desde entonces, se canta en aquellas tierras la gesta de Juan el valiente, quien se enfrentó en solitario a un ejército de enemigos, los cuales se le llevaron con ellos a un lejano y enigmático país.
Y, dicho esto, termino ya mi relato, con la enseñanza de cómo el cariño y el aprecio pueden con todo, por encima de rencores pasados; relato que escribo para ilustración de vuesas mercedes que se han dignado leer este humilde ejemplo.
Jesus Fernadez Robledo (chuchi) colaborador
Hubo un tiempo en que no era nada fácil la vida en las tierras de las montañas: ataques de forajidos, violencia sin justificación, peleas, vino barato que enturbiaba las mentes…
Era una época de malandrines; asesinos a sueldo, que por unas monedas de oro cortarían el cuello a sus madres; de rufianes codiciosos que asaltaban al viajero en cualquier recodo del camino. Una era de fanáticos religiosos capaces de quemar vivo a cualquiera que no pensara igual que ellos, de soldados que arrasaban los campos en nombre de su señor; que violaban a las mujeres y aplastaban la cabeza a los hombres para robarles un mísero trozo de pan; un período amargo, cruel y despiadado en que el más fuerte era siempre quien tenía la razón, y el fulgor de una espada se imponía sobre el bien y la justicia.
En aquellos días de perdonavidas, nobles corruptos, religiosos libertinos y toda una larga estirpe de gentuza había, sin embargo, un lugar donde la paz, la concordia y la armonía brillaban como una rara estrella en un cielo de tinieblas: Hermoso, lindo pueblo asentado a la falda de una montaña, olvidado de todo y de todos.
El tiempo y el polvo se acumulaban en las resecas calles de Hermoso, donde no parecía suceder nunca nada y donde el tiempo se había detenido en una eterna laxitud perezosa.
Los niños jugaban indolentemente en las calles mientras sus padres recogían la cosecha sin otro interés que sobrevivir un día más a aquel estado de quietud e indolencia.
Unas pocas casitas apelmazadas en torno a una mísera iglesia de piedra conformaban aquel lugar del que nunca se acordaron ladrones, asesinos ni –afortunadamente- los poderosos. Y, en medio del pueblo, junto a la iglesia, el ayuntamiento. El único lugar donde sucedía algo, si es que algo pudiera suceder en Hermoso.
Allí los campesinos dirimían sus querellas, se escuchaban chismorreos y se despotricaba contra el alcalde y alguacil mayor del pueblo, don Juan de la Luz Tranquila. Hombre que, por otra parte, hacía honor a su apellido pese a poseer la única espada del pueblo, una herrumbrosa arma que lucía con orgullo y que los demás habitantes del pueblo se preguntaban si sabría, tan siquiera, empuñar.
El señor De la Luz Tranquila más de diez años llevaba en aquel lugar, nombrado directamente por el conde del Sapo Verde, dueño y señor de aquellas tierras que jamás se había dignado visitar ni, probablemente, recordara su existencia.
Y llegó la primavera, una más en aquel miserable pueblecito; donde, por no pasar, no pasaban ni hambre e, incluso, a veces la muerte se olvidaba de recoger a sus presas, viviendo aquellas gentes sus largas y aburridas vidas en paz. Jamás, digo, se vio lugar más insustancial que aquel, ni alguacil más manso y pacífico que el susodicho don Juan.
Aquel primer día de primavera estaba el ínclito alguacil junto a su ayudante el infante Nuño Piojoso, repasando el mil veces repasado libro de cuentas del ayuntamiento, cuando algo desgarró, súbitamente, la armonía del pueblo.
Un atronador sonido de cascos de caballo cruzó como una exhalación la calle principal de la villa –que, dicho sea de paso, era la única que merecía aquel nombre -y un caballero totalmente vestido de negro cabalgó veloz hasta el ayuntamiento de Hermoso.
El jinete, sabiéndose observado desde todas las ventanas del pueblo, atronó con voz ronca:
-¡Alguacil! ¡Alguacil! Presto vuesa merced salga.
-Ya va, ya va… -contestó lánguidamente una voz desde el interior. Nada había en el mundo, ni bajo el cielo ni sobre él, que pudiera alterar al alguacil de Hermoso. O casi nada.
Con paso lento, don Juan salió del edificio ante la mal disimulada impaciencia del corcel negro, quien no dejaba de lanzar recelosas miradas en torno suyo, como si temiese que en cualquier momento el diablo mismo apareciese tras de él.
-¿A qué viene tanto alboroto? ¿Qué es lo que se os ofrece, noble caballero?
El hombre sacó un pergamino enrollado de su faltriquera y se lo entregó bruscamente, sin decir palabra. Luego, con agilidad, subió a su caballo y se alejó en dirección contraria a la que había venido, como temiendo volver por el mismo camino.
-¿Acaso Satanás es quien persigue a ese extraño jinete? –comentó Nuño, a la espalda del alguacil.
-Tomad, malandrín, y decidme qué es lo que se avisa en este escrito.
Don Juan se jactaba que, debido a su alta cuna, nunca tuvo por necesario aprender a leer ni escribir y dejaba esos menesteres para su ayudante. Éste tomó el pergamino y, ansioso de saber en qué terminaría aquella empresa, lo desenrolló y comenzó a leerlo en voz alta.
-Yo, don Iván y Vienen De por Aquíyporallá, conde del Sapo Verde, marqués Itoenporciones, señor del señorío del Café con Leche y vicegobernador de Todalahostia, gobernador que lo soy por dios nuestro señor y nuestro bienamado rey don Tubérculo I de…
-Al grano, saltaos la presentación, pardiez.
-… comunico a vuesa merced, para que tome las diligencias que estime oportunas, en consideración a los muchos servicios prestados a este condado…
-¡Voto a Dios, id a lo que importa, maltito bellaco! –insistió don Juan.
Asintió Nuño y, tras unos segundos, prosiguió.
-… que, habiendo recibido el aviso pertinente por parte del justicia mayor de aqueste reyno, se le informa de la siguiente terrible noticia: Y no es otra que el señor Don Jaime Dueleunpie Yelotromás, por mal y nefasto nombre conocido como Jaime el Sanguinario sin Clemencia, con ayuda de siniestros elementos ha logrado evadirse de las mazmorras en que los justos y santos tribunales de esta corte le habían recluido de por vida, a causa de sus criminales fechorías sin fin. Por lo cual, siendo público que este grave malhechor juró descuartizar a vuecencia y empalar a toda su descendencia en medio de infinitos dolores, lo pongo en conocimiento de vuesa merced, a quien Dios guarde muchos años, cosa que dudo.
Asimismo es mi deber comunicarle que las huestes de aqueste conde no hállanse en disposición de socorreros pues, lamentablemente, debido a órdenes expresas de la condesa, en estos momentos se hallan en misión especialísima, vigilando a su gato.
-Pero… esto es horrible- se interrumpió Nuño, cuyo rostro habíase demudado por completo.- Jaime el Sanguinario… arrasará la villa, quemará nuestras casas, se llevará nuestros cerdos y fornicará a nuestras mujeres, o al revés… es el fin, es el caos… - y no pudo evitar echarse a llorar como una damisela.
-Tened calma, perillán, que nada de eso acontecerá pues para algo soy y seré don Juan Tranquilo, alguacil y alcalde de aquesta villa, y es mi cometido mantener el orden y las leyes de nuestro señor don Tubérculo I, y voto a Dios que no ha nacido el hombre que haga torcer mi brazo ni detener mi espada.
-¡No seáis necio, mi bienamado señor! ¿Acaso la locura o el miedo enfanga vuestro entendimiento? El terrible don Jaime es el mayor asesino y criminal jamás conocido en suelo cristiano; más terrible y feroz que el moro, y nada ni nadie se antepone ante él. Tan sólo los grandes ejércitos de nuestro poderoso rey –y a fe mía que con extraordinaria fortuna- lograron una vez apresarlo, y para eso tuvieron que recurrir a toda su caballería.
-Tened fe, malandrín, que no sucederá nada de eso que teméis, y confiad en vuestro señor. Que, en el peor de los casos, es sólo a un hombre a quien buscan, y ese soy yo.
-Pero no comprendo, mi noble señor, qué interés pueda tener tan poderoso rufián en vos, que no sois sino poquita cosa. Ni tan siquiera podríais batiros en duelo ante tan formidable caballero.
-Pardiez, que ya me estáis importunando con vuestras insolencias. Callad, que yo soy hombre que sé arreglar mis propias cuentas y lo que suceda entre ese Jaime el Cruel y yo es tema personalísimo que no concierne a nadie más. Id, id ahora mismo a dar de beber a los caballos, y no converséis de este tema con nadie.
Pero Nuño, asustado y temeroso, desobedeció a su amo y no perdió el tiempo en propagar la mala nueva por la villa, cosa que apesadumbró y amedrentó a todos, de tal suerte que aquella tarde las gentes encerráronse en sus casas, atrancando puertas y ventanas, presas de un gran e invencible pavor.
Y sucedió, pues, al caer la tarde, que gran ruido de caballerías atrajo la atención del alguacil, y éste se asomó a la desierta calle, sospechando lo que allí sucedía. Pudo ver un gran movimiento que se dirigía hacia el ayuntamiento, levantando una gran polvareda.
-¡Nuño! Venga, perezoso, zopenco, traed ya mis armas, que ha llegado la hora, y no puede retrasarse.
Con las piernas temblando y la faz blanquecina, el sirviente asomó a la calle portando la espada y el roñoso escudo de su amo, armas que a duras penas servirían para enfrentarse a un niño, cuanto más a aquel espantoso ejército. Don Juan púsose sus armas al tiempo que Nuño huía asustado a esconderse en el ayuntamiento.
Algunos ventanales se entreabrieron para ver pasar aquel gentío alborotador, a cuyo frente marchaba un fornido general, de luengas barbas, y de faz poblada con varias y espantosas cicatrices.
Medía aquel hombre –más bien aquella bestia- casi dos metros de altura, y sus brazos asemejaban dos mazas de hierro. Todo en él era terrorífico, espantoso y feroz, y su rostro hallábase contraído por una ira y rabia infinitas.
Con un golpe seco levantó el brazo y todo aquel tropel, al unísono, se detuvo en seco, obedientes, tanto que ni un solo caballo osó moverse de su sitio, tal parecía el pavor que las bestias sentían por Jaime el Sanguinario.
Bajó pues de su cabalgadura, a escasos veinte metros de don Juan y, enarbolando una terrible maza en cuya punta se erguía una bolla llena de afilados clavos, enfiló hacia el alguacil con el rostro demudado por el odio.
Don Juan, por su parte, se mantuvo firme y no se movió de su sitio, ni daba muestras de temor, cosa que conmovió a aquellos que, venciendo su miedo, se atrevían a asomarse soslayadamente por los ventanales, curiosos de saber en qué acababa aquella cuestión, aunque ninguno dudaba que la cosa terminaría con don Juan partido en dos, en medio de un charco de sangre, los sesos asomando al aire, el pueblo quemado, las mujeres violadas y más de cincuenta o sesenta muertos. Y, sobre todo, con los gorrinos comidos por aquellos bandidos.
-Vos, maldito hijo de puta, al fin os llegó la hora, marrano- clamó con voz potente aquel demonio, con una voz que parecía salida directamente del infierno. Si había alguna duda de la maldad de aquel ser, quedó ahora despejada. –Puto, traidor, os machacaré, os voy a causar tanto dolor que desearíais no haber nacido. Bellaco, marrano, sacaré de vuestro podrido cuerpo toda la sucia sangre que en él anida…
-Mucho os gusta de hablar, a vos, y poco veo que hagáis.- le reclamó don Juan.
Ante la sorpresa general, Jaime el Sanguinario titubeó y pareció desconcertado. Avanzó un poco más hacia su víctima, volviendo a vociferar.
-Nadie jamás se ha podido jactar de ofender a Jaime Dueleunpié y vivir para contarlo, perro.
-¿Ofendido? Fue vuesa merced quien ofende al resto de la humanidad con esa vida de depravación y mezquindad que no hace sino ofender a nuestra sagrada religión y a nuestros reyes. ¡Cobarde, ladrón, asesino!
Entonces, ante el pasmo general de los curiosos quienes -olvidadas las primeras precauciones- se asomaban ya a cara descubierta por las ventanas, don Jaime comenzó a balbucear y a sollozar:
-P… pero… ¿cómo podéis decir eso de mí? ¿Cómo… osáis…?
-Digo que sois un ladrón y un canalla, y un saqueador sin escrúpulos que pronto caerá bajo el yugo de la justicia.
-Pero… si sabéis… si vos sabéis muy bien que todo lo hice por ti, mi amor, que robaba… sólo para que tú tuvieras una vida fácil y no te faltase de nada, amor mío.
-Palabras, palabras. Nunca me habéis demostrado vuestro amor, sólo os importaba ir con vuestros amigotes y me olvidabais en casa.
En ese momento don Jaime, llorando como una doncella, se acercó hasta Don Juan y, sin decir palabra, abrazóle muy fuertemente y comenzó a besarle por boca y cuello con gran entusiasmo, hasta que el alguacil, devolviéndole las caricias, besóle en la boca muy larga y fuertemente.
La cohorte de don Jaime el Sanguinario se deshizo en un murmullo que llegó hasta las casas.
-Si ya lo sabía yo –comentaba uno- que se amaban, sabía que esto acabaría así. ¡Ay, Guzmán, pasadme un lienzo que estas escenas emociónanme harto!
-Ved, don Godofredo –decía otro- lo hermoso y lindo que es el querer, que olvida y perdona todos los sufrimientos pasados.
Y así, la cohorte de asesinos y criminales se deshizo en llantos de alegría y suspiros ante la escena que estaban viendo; mientras los vecinos de Hermoso no daban crédito a aquel final tan inusitado e inesperado.
Y, finalmente, ambos antiguos rivales caminaron de la mano hasta la montura de don Jaime, en la cual subieron y, muy apretados, se acariciaron largamente. Luego a una orden de su general, todos partieron al galope, dejando tras sí una nube de polvo y estupefacción en el mísero y aburrido pueblo de Hermoso. Y aquella fue la última vez que vieron a Don Juan aquellas gentes.
Desde entonces, se canta en aquellas tierras la gesta de Juan el valiente, quien se enfrentó en solitario a un ejército de enemigos, los cuales se le llevaron con ellos a un lejano y enigmático país.
Y, dicho esto, termino ya mi relato, con la enseñanza de cómo el cariño y el aprecio pueden con todo, por encima de rencores pasados; relato que escribo para ilustración de vuesas mercedes que se han dignado leer este humilde ejemplo.
Jesus Fernadez Robledo (chuchi) colaborador
Suscribirse a:
Entradas (Atom)